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Carta a Cristina de Lorena de Galileo Galilei en 1615

Por   /  31 Mayo, 2014  /  No hay Comentarios

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cristinaSiguiendo nuestra línea de recomendación, en el área de Astronomía ahora toca el turno a un documento interesante: la famosa carta a Cristina de Lorena (1615) en que Galileo, intuyendo el futuro próximo y viéndose asediado por lo que difundía sobre sus observaciones, se dirige a la Gran Duquesa de Toscana, su protectora, para exponerle la relación entre ciencia y religión; pero ¡cuidado!, que muchos andan perdidos en este aspecto: Galileo no ve conflicto entre la “verdadera” ciencia y la “correcta” interpretación de la Biblia.

En esta edición de Alianza Editorial se incluyen 4 cartas, en el siguiente orden: una al Padre Benedetto Castelli (21 diciembre 1613); dos a Monseñor Piero Dini (16 de febrero y 23 de marzo de 1615) y la que da título a la obra a Cristina de Lorena, a mediados del mismo año.

Como sustancioso postre o aromático café que cierra con broche de oro una comida, se agregan unos “apuntes previos al proceso de 1616” (todo abogado que ha tomado notas, a veces garabateadas sobre el mismo expediente, sabe el valor de estos apuntes sueltos, y que aparentan de secundaria importancia o meros accesorios).

No voy a revelar el contenido (no retengo ahora cómo llaman a eso en el mundo del cine cuando se hace una crítica), pero Castelli era discípulo de Galileo y defensor del heliocentrismo. Fue invitado a un debate y luego escribió a su maestro dándole detalles del mismo. Es ahí que se produce la “Epístola a Castelli”, que, aunque no trajo una reacción inmediata, fue pieza clave en el “calentón” que se dio Galileo en el Santo Oficio. Sobrevivió al escrutinio, pero quedó “marcado” (igual que el que es sometido a la justicia, aunque tiempo después le retiren los cargos…y la ficha).

Como telón de fondo al leer esta obra debe tenerse en cuenta que Galileo no fue quien inventó el telescopio; tampoco fue el primero que lo dirigió hacia el cielo; que el Cardenal Roberto Bellarmino (uno de los que participó en el proceso contra Bruno, ejecutado 16 años antes, no vio nada objetable en el sistema copernicano, siempre que se presentara como “hipótesis interesante” y hasta “probablemente acertada”, pero no como hecho “confirmado”. También que Galileo incurrió en un error de cálculo al pensar que cuando su amigo, el Cardenal Barberini, fue electo Papa (Urbano VIII) las cosas iban a mejorar (hoy mucha gente confunde, sobre todo en un medio subdesarrollado, al amigo personal o de infancia con el funcionario público o judicial que tiene una responsabilidad limitada por la ley o los reglamentos); que Galileo rompió la promesa hecha a su “amigo” Barberini (Papa Urbano VIII) cuando publicó su Diálogo Sobre Los Dos Máximos Sistemas Del Mundo luego de obtener el “imprimatur”. El Papa no vio esto como simple desobediencia, sino como un desafío descarado, un desconocimiento al compromiso asumido (los abogados decimos, en nuestras defensas o escritos “pacta sunt servanda”). La bellaquería de nuestro admirado científico (“amor no quita conocimiento”) llegó al extremo de tomar ciertas opiniones del Sumo Pontífice en sus discusiones y ponerlas en boca de un personaje, que llamó “Simplicio”, presentándolo como un charlatán.

Viendo las cosas en base a la secuencia de hechos históricos, poco le pasó a Galileo. Por menos que eso quemaron vivo a Giordano Bruno. Sin embargo, su condena a perpetuidad fue conmutada por la de arresto domiciliario. Previo a la condena se le conminó a retractarse (la famosa frase “eppur si muove” es apócrifa, como la de Maquiavelo sobre fines y medios y la que le atribuyen a Sócrates, que no dejó nada escrito y que en realidad se colige de la Apología que hizo su discípulo Platón, obra en que tampoco la hallamos de manera textual).

Al escribir estas notas sobre la marcha caigo en cuenta que he rebasado su objetivo, que es recomendar esta breve obra (160 páginas solamente) como lectura de fin de semana; sin embargo, ya “puesto en mora” para concluir debo agregar que producto de este conflicto la iglesia también quedó marcada: en lo adelante sería vista como defensora del oscurantismo y el embotamiento mental frente a la libertad de investigación y la ciencia.

La Rehabilitación de Galileo en 1983 por el Papa Juan Pablo II (San Juan Pablo II, porque fue canonizado hace algo más de un mes, el 27 de abril de 2014) no ha sido suficiente para superar este estigma.

Así que a leer algo bueno y edificante, lejos de la “crónica roja”, chismes y farándula de los buscavidas en la opinión pública.

 

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Sobre el autor

Procurador fiscal de la corte de apelación de Santiago y miembro fundador de un club de astronomía (Club Astronómico de Santiago, Inc.)

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