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Alegría y Decepción

Por   /  17 Enero, 2015  /  No hay Comentarios

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Nos alegramoIndicadores económicoss

Todavía resuena  en nuestros  oídos  la  auspiciosa  información  dada por el gobernador del Banco Central, Héctor Valdez Albizu, de que nuestra economía creció 7.1 % durante el año 2014. Es la de mayor crecimiento en América Latina.  En cuanto  a  la inflación  también  tenemos  un  lugar  envidiable  con  1.58 %  cuando en países hermanos ésta se ha disparado a niveles insoportables.

Parece que vamos por el camino correcto en el manejo de la economía, elemento esencial en el desarrollo de los pueblos.

Ahora hace falta completar ese crecimiento económico, que es muy bueno, con el desarrollo humano, definido como aquel que busca garantizar el ambiente necesario para que las personas puedan desarrollar sus potencialidades y así llevar una vida creativa y productiva conforme a sus necesidades e intereses. Es tener al hombre y a la mujer en el centro del desarrollo. Que puedan llenar las necesidades básicas y complementarias. Tener una calidad de vida que le permita un crecimiento integral.

Sin embargo, mirando las condiciones materiales en las que se desenvuelven miles de familias dominicanas comenzamos a cuestionar nuestra alegría. Sólo tenemos que  echar un vistazo a las condiciones de vida de los habitantes de las comuni­dades de Pedernales, Jimaní y otras poblaciones sureñas, y descubriremos que los índices de pobreza son ate­rradores­.­

Es por tanto urgente, y necesario, que nuestras autoridades cambien este panorama de marginalidad extrema, haciendo llegar hasta allí la bonanza de nuestra economía. Así la alegría será plena, colectiva y real.

Decepción

DICANEl robo de más 900 kilos de cocaína de la Dirección Central Antinarcóticos de la Policía (DICAN) nos tiene aturdidos.  Es descubrir que teníamos al ratón cuidando el queso. El escándalo producido por este hecho hace despertar la conciencia hasta del dominicano más indiferente ante el derrotero que algunos quieren llevar a la nación.

La asociación de oficiales, fiscales y civiles para delinquir es diabólica, porque los responsables de protegernos se convierten en actores de primer orden a favor del crimen y la desintegración social.

Las consecuencias de estas inconductas son desastrosas. Se pierde el respeto y la credibilidad a las autoridades. Se estimula la delincuencia y el crimen, y se envía un mensaje fatal a nuestros jóvenes, indicándoles que el camino hacia el éxito económico sólo es posible a través de la corrupción, el dolo y la impunidad. ¡Qué lástima!

Pero todavía estamos a tiempo de terminar con tanta inmundicia y complicidad. Evitemos llegar a los niveles de deterioro moral y social en la que hoy viven algunos pueblos latinoamericanos, en donde el mal del narcotráfico echó raíces tan profundas que ha agrietado la solidez de sus instituciones. No es tiempo de lamentos y lágrimas, sino de trabajo y entrega en bien de la Patria.

Editoriales del Semanario Camino

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