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Finalmente, La Gloria

Por   /  19 Mayo, 2015  /  No hay Comentarios

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Finalmente, la gloriaUno

Todos los ojos están pendientes de él. Lo sabe. Lo tiene tan sabido al momento de hacer contacto con la tabla del box, que solo dedica a los corredores un vistazo de rutina. Su atención parece concentrada en las señas que repite una y otra vez la mano del receptor acuclillado; en estudiar esa forma que tiene el bateador de inclinarse sobre el jon, como invitándolo a tratar la esquina de adentro. Detalles. Al final, toda la suerte tenida o por buscar depende de la pelota cuyo agarre él oculta dentro del guante; de la parsimonia con que detiene el movimiento inicial de sus brazos, anclándolos sobre ambas caderas durante una fracción mínima de tiempo, solo para dejar en claro quién gobierna el instante. Así lo confirma el murmullo del público, que se encoge cuando él balancea el pie izquierdo hacia atrás, afirma el peso del cuerpo sobre la pierna derecha para concentrar el equilibrio y lanzarlo con todas sus fuerzas en la pelota que verá regresar hacia sus ojos como una alucinante mancha blanca, como un vertiginoso mensajero de la muerte.

Dos

Inclino el cuerpo hacia la derecha en el momento que el bateador comienza el suin, como si estuviera escrito en alguna parte que la pelota vendrá por el centro del terreno, y esa anticipación me da la ventaja de dos pasos extendidos, uno con la pierna izquierda, otro con la derecha. Cuando la inercia va empujando hacia el tercer y decisivo paso, la pelota ya picó a la izquierda del lanzador y alarga un bote furioso que volverá a picar junto a la almohadilla de segunda base, buscando meterse en el cénter, si no fuera porque extiendo el brazo izquierdo y cierro los ojos presintiendo la sensación gloriosa que produce el golpe de la pelota dentro del guante. Lo demás será de rutina. Dar un salto, girar el cuerpo en el aire superando la punzada en la cintura y tirar a primera base, hacia donde avanza el corredor que ahora no veo…
–Tranquilo, no te muevas –dice una voz de mujer que enseguida tiene rostro. Uno negro y gordo que va apareciendo encima de mí como si brotara del zumbido.

   Es el rostro que cualquiera vería si fuera a soñar con una enfermera vestida de blanco. La única persona a mano para preguntarle dónde estoy.

–Por fin despiertas –ignora ella mi pregunta–. Sigue la punta de mi dedo –ordena mientras mueve ante mis ojos la yema morada que traza un amplio no–. No te muevas que ahora viene el médico.

Y me muestra su espalda maciza. Se aleja despreocupada y yo quedo preso dentro del zumbido donde flota la voz de la mujer en retirada:

   –Ah, y para la próxima, por lo menos agacha la cabeza cuando veas venir la pelota.

y tres

Se fue levantando del balance en la misma medida que la pelota tomaba altura y el narrador chillaba “¡se va elevando… se va elevando… y la bola…!” Pero en ese momento todo volvió hacia atrás. El punto blanco de la pelota viajó en sentido inverso hasta chocar otra vez con el bate que retrocedía, y ese sonido en repetición, seco y desolador, penetró en su pecho como una puñalada de fuego. Sus manos se agarrotaron sobre la camisa beige que no había tenido tiempo de quitarse al llegar de la oficina, mientras iba inclinando el cuerpo hacia adelante y su boca agrandaba una dolorosa O.
Desde el suelo, presa de las últimas convulsiones, no pudo compartir la alegría del aficionado que en la pantalla del televisor daba carreras por las gradas del jardín izquierdo mostrando la pelota, testimonio del único jonrón que posiblemente capturaría en toda su vida.

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