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Para contar a Lino Novás Calvo

Por   /  19 Agosto, 2015  /  No hay Comentarios

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CNovás+2recer sin familia en los barrios más pobres de La Habana, hacerse adulto ejecutando labores de obrero, boxeador, contrabandista, carbonero, chofer de taxi y muchas otras peripecias semejantes, nada de eso parece biografía adecuada para los inicios de un hombre de letras. A menos que ese hombre viniera al mundo con un don excepcional. Lino Novás Calvo, quien nació en Galicia (1903) y fue enviado a Cuba antes de cumplir diez años, aprendió en las calles habaneras, entre la miseria de los solares y los plantes de santería, lo que ninguna academia le hubiera enseñado jamás sobre los seres humanos y las voces que pueden contarlos.

Su trayectoria hasta el reconocimiento literario se resume fácil. En el segundo lustro de los años veinte ya hacía los primeros ejercicios serios en el entorno de la Revista de Avance y casi enseguida sus traducciones empezaron a poner al alcance del lector en español a los narradores norteamericanos e ingleses que catalizaron la evolución de la narrativa latinoamericana hasta desembocar en el tan manoseado boom: Faulkner, Hemingway, Dos Passos, Huxley y demás. En la década del cuarenta –tras una permanencia en España entre 1931 y 1939, guerra civil incluida–Lino Novás Calvo se había convertido en el más importante narrador cubano vivo, apuntalado por una novela y dos libros de cuentos: Pedro Blanco, el negrero (1933), La luna nona y otros cuentos (1942) y Cayo Canas (1947).1 La anterior no es poca afirmación si recordamos algunos de los nombres que narraban en aquel momento cubano: Alejo Carpentier, Carlos Montenegro, Enrique Labrador Ruiz, Onelio Jorge Cardoso, Félix Pita Rodríguez… y así hasta el dominicano Juan Bosch.

La obra de Novás Calvo resolvía desde la contundencia estética tres falsas contradicciones que trampearon la literatura latinoamericana de la época: aquellas que se establecieron entre el criollismo nacionalista y el humanismo universal, entre la lengua literaria y el habla cotidiana, y entre el realismo y la fantasía. Al derribar esas anquilosadas barreras, su voz narrativa estableció un crucial punto de equilibrio que le permitía contar en un registro reconocidamente cubano sin que esto fuera óbice para explorar con hondura las agonías del ser humano sometido a situaciones extremas. De cualquier ser humano, digo.

Los críticos e investigadores han insistido sobre el signo trágico de los personajes novacianos, siempre enfrentados a fuerzas que terminan por destruirlos. Lo que no se ha resaltado con la debida intensidad, creo yo, es la verdadera esencia del conflicto que en esas obras se narra: el del ser humano enfrentado a sí mismo. Al sumergirse en el crudo mundo de la trata negrera y la piratería durante la segunda mitad del siglo xix, Pedro Blanco explora sus propios límites y los desafía sin piedad.  En “Cayo Canas”, Oquendo está derrotado desde el principio porque su lucha real es contra su desaliento y no contra las llamas que ve avanzar sin remedio. “La visión de Tamaría” es una crónica sensible y minuciosa de la forma en que el personaje intenta escapar al complejo que le produce su condición de ciego. Tan evidente o más es el conflicto consigo mismo del taxista que protagoniza esa joya del cuento en español que es “La noche de Ramón Yendía”, a quien leemos correr en medio de la violencia desatada por la revolución antimachadista sin que nadie lo esté buscando; pero no puede dejar de huir, su conciencia culpable no se lo permite. Así podríamos seguir, ejemplo tras ejemplo, para entender la razón última de ese estremecimiento que producen las piezas de Novás Calvo en los lectores de cualquier nacionalidad y cultura: no hay tragedia más amarga y frecuente que la derrota del ser humano frente a sí mismo.

Esa fue también la tragedia de Novás Calvo. Como sus más notables personajes, él protagonizó un despiadado combate contra sí mismo, un enfrentamiento que lo movió a escribir sus líneas más brillantes, del mismo modo que terminó por hundirlo en el silencio. Llegados los años cincuenta, el narrador que mejores registros había logrado para la literatura cubana hasta ese momento abandonó su carrera de escritor. Cierto es que luchó, agónica e inútilmente. En los últimos años cuarenta escribió varios relatos, algunos de los cuales fueron publicados en diversas revistas. Entre 1947 y 1952 fue dando a conocer en Bohemia un manojo de cuentos policiales, género que siempre le había sido cercano. Durante ese tiempo, quiso una y otra vez escribir una novela2 que se frustró también una y otra vez.

Los investigadores y críticos no han cesado de preguntarse por qué dejó de escribir Lino Novás Calvo. Las respuestas a esa interrogante son poco variadas: depresión ante la difícil situación económica que vivió en la Cuba de fines de los cuarenta, desencanto provocado por la falta del reconocimiento que su obra merecía y que el mostrenco medio cubano le negaba, falta de fe en la pertinencia de la literatura, abandono radical de sus antiguas posiciones, cercanas a la izquierda política, etc. Todas me parecen causas circunstanciales. La verdad pudiera ser más cruda y tajante. La literatura es una irreprimible necesidad de decir que encuentra o no su correlato en una posibilidad de decir. Novás Calvo se quedó sin necesidad de decir, simplemente su mundo literario, que había maravillado a tanto lector, se agotó y él no logró reinventarse.

Basta consultar las cartas que escribió al crítico e investigador José Antonio Portuondo entre 1945 y 1950 para percibir el temor–nunca expresamente declarado, es cierto– de estarse repitiendo. Va una muestra. El 26 de diciembre de 1946, Novás Calvo se queja: “Hace quince años que vengo escribiendo –y rompiendo religiosamente– una [novela] que no acaba de salir. No sé por qué. Todos los caminos se me cierran. Me encuentro trabado en todas partes, en todas las técnicas, en todos los estilos, en todos los temas. Todo cuanto he escrito no es más que retazos de novelas abortadas. Y cada vez que releo una página mía, tiro el libro bien lejos: me da algo parecido a náuseas”.3

La lectura de los cuentos escritos por Novás Calvo a partir de 1945 y de los dos capítulos de la novela que sobrevivieron4 ofrece, en efecto, elementos que pudieran apuntalar ese temor de estarse repitiendo. El propio Portuondo hizo la advertencia en un texto crítico de 1947 donde, por otro lado, hacía justicia a la calidad y la trascendencia de la obra firmada por Novás Calvo: “Es imposible persistir en esa visión del mundo –el individuo aislado, acechado por la angustia y por la muerte– sin caer en la monotonía del acento monocorde, en la repetición hasta el cansancio de una misma nota ejecutada por diversos instrumentos”.5

Lo estrictamente cierto es que en el segundo lustro de los años cincuenta, con una situación financiera mucho más equilibrada como jefe de información de Bohemia, el autor de “Long Island” miraba hacia la escritura creativa con distancia y desdén. Cada vez que algún aprendiz de escritor se le acercaba con la reverencia del discípulo –y fueron muchos: Lisandro Otero, José Soler Puig, José Lorenzo Fuentes, etc.–, su respuesta era siempre la misma: “Deje eso, la literatura no da nada; dedíquese a escribir crónicas de sucesos”.

Cuando se exilia, en 1960, espantado por la violencia que estremecía a la Cuba revolucionaria, el universo del escritor que había sido Lino Novás Calvo quedó abandonado. Hasta su muerte, ocurrida en 1983, si le preguntaban por textos no recogidos en libros, respondía invariablemente: “No conservo nada de lo publicado en revistas y periódicos antes de 1960”.6 De lo que había quedado inédito, por supuesto, conservó menos. En 1970, ante la posibilidad de publicar un volumen de sus relatos clásicos entreverados con otros nuevos,7 prefiere reescribir –para mal–“Angusola y los cuchillos”, texto que había dado a conocer en un número de Bohemia correspondiente a 1947,8 antes que buscar por cualquier vía la versión original de un relato sin dudas muy interesante.

Pero nada prueba mejor el agotamiento literario de Novás Calvo que el grupo de cuentos escritos por él en los Estados Unidos después de 1960. Y no solo porque carecen de la intensidad, la fuerza narrativa y la atmósfera de su mejor obra, sino porque están en su mayoría dirigidos al testimonio y la denuncia sociopolítica, algo incompatible con un autor que había dado una clase magistral acerca de cómo la literatura puede acercarse a la historia reciente en “La noche de Ramón Yendía” y que con “Aquella noche salieron los muertos” logró tal penetración literaria en la mística del poder absoluto que incluso adelantó muchos de los elementos medulares de la circunstancia política que se ha vivido durante el último medio siglo en Cuba. Claro que aquí y allá es posible encontrar en algunos de esos relatos restos del pulso narrativo novaciano, pero ya no es aquel autor que en 1933 había escrito, en carta a Regino Pedroso: “Para mí el arte-política no es política ni es arte […] Para mí el sentido verdaderamente humano y artístico acaba donde comienzan las fórmulas, como la religión acaba donde comienza la teología […]”.9

A partir de los años noventa, un pequeño grupo de escritores, investigadores y críticos se ha dedicado –cada quien por su parte–a reflotar el mundo que Lino Novás Calvo dejó sumergido.10 Las dos figuras más tenaces en esa búsqueda han sido Cira Romero, dentro de Cuba, y Carlos Espinosa Domínguez, fuera de la Isla. La primera agrupó los cuentos no policiales que dejó dispersos el narrador, las cartas que este envió a varios intelectuales de su época y las crónicas que escribió desde España entre 1931 y 1933 para Orbe.11 El segundo acaba de dar a conocer los textos que el autor de “Un dedo encima” escribió en la prensa durante su exilio norteamericano y tiene prácticamente lista una compilación de artículos escritos por Novás Calvo sobre la guerra civil española, de la que fue un inquieto protagonista.12

Poco a poco, cada vez de forma más nítida, va quedando a la vista ese ser genial y contradictorio, en perseverante conflicto consigo mismo, que fue Lino Novás Calvo y, junto a su imagen, crece también un anecdotario copioso que a veces proviene de sus múltiples andanzas por la vida y a veces de aquellos que lo conocieron.13

Es fama entre los creyentes de los sistemas mágico-religiosos cubanos que las personas capaces de comunicarse con deidades, espíritus y muertos son seres que han recibido un don para ver lo que el resto de los mortales no podemos. Pero ese don está condicionado: si quien lo recibe renuncia a ejercerlo, entonces la gracia se vuelve contra él. También Lino Novás Calvo recibió de la vida un excepcional don de narrador al que renunció; en respuesta, parece estarse convirtiendo él mismo en literatura. En tanto dejó de contar, hace bastante que comenzó a ser contado.

Notas

1 Publicó también Un experimento en el Barrio Chino (1936), No sé quién soy(1945) y En los traspatios (1946), novelas cortas o relatos largos, según sea el criterio de quien lee esos textos.

2 “Los Oquendo” era su título provisional. Las prestigiosas editoriales Losada y Espasa Calpe se habían mostrado interesadas en publicar el proyecto.

3 Carta a José Antonio Portuondo, en Laberinto de fuego; epistolario de Lino Novás Calvo; compilación, anotación y prólogo de Cira Romero. La Habana, Ediciones La Memoria, Centro Pablo de la Torriente Brau, 2008, p. 117.

4 Fueron publicados ambos en Cuadernos Americanos. El primero, “Camila Timiraos cuenta”, en el número correspondiente a septiembre-octubre de 1947. El segundo, “Esto también es gritar”, en el de julio-agosto de 1948.

5 “Lino Novás Calvo y el cuento hispanoamericano”, en Cuadernos Americanos, Vol. XXXV, año VI, No. 5, septiembre-octubre de 1947, México, p. 261.

6 “Diez preguntas a Lino Novás Calvo”, en El Alacrán Azul, año 1, No. 2, 1971, Miami, p. 106-107.

7 Maneras de contar. New York, Las Américas Publishing Company, 1970.

8 Bohemia, año 39, No. 51, 21 de diciembre de 1947, La Habana, p. 42-44 y 73-74. La nueva versión recibió el título de “Peor que un infierno”.

9 Carta a Regino Pedroso, 3 de marzo de 1933, en Laberinto de fuego, p. 65.

10 Yo mismo recogí sus cuentos policiales en Lino Novás Calvo: Ocho narraciones policiales; compilación y prólogo de José M. Fernández Pequeño. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1995. Algunas de sus crónicas cubanas más valiosas pueden consultarse en Lino Novás Calvo, periodista encontrado; selección y prólogo de Norge Céspedes Díaz. Matanzas, Ediciones Aldabón, 2004. Los textos biográficos y autobiográficos que diera a conocer Novás Calvo en la prensa española entre 1933 y 1936 han sido recogidos en Vidas extraordinarias; selección, edición y estudio introductorio de Jesús Gómez de Tejada. España, Editorial Verbum, 2014.

11 La colección cuentos apareció como: Angusola y los cuchillos; compilación y prólogo de Cira Romero. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2003. Mientras, los artículos de Orbe se encuentran en: España estremecida; compilación de Cira Romero. España, Editorial Renacimiento, 2013. Igualmente, Cira Romero ha intentado establecer la biografía del escritor, oscura en muchos de sus tramos, a través de un montaje de voces en Fragmentos de interior: Lino Novás Calvo, su voz entre otras voces. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 2010.

12 Lo que entonces no podíamos saber; compilación de Carlos Espinosa; prólogo de Rafael Rojas. USA, Libros de las Cuatro Estaciones, 2015.

13 Quizás la más impactante de esas anécdotas sea la narrada por Guillermo Cabrera Infante a partir de su visita al hospital donde Novás Calvo estuvo recluido para morir. Involucra al cuento “Angusola y los cuchillos” y es posible leerla en: “La luna nona de Lino Novás Calvo”, en Mea Cuba. Barcelona, Plaza Janés, 1983, p. 358-363. Como ocurre siempre en estos casos, nunca sabremos cuánto aportó a la anécdota la imaginación narrativa de Cabrera Infante.

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