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Fanatismo a la carta: la idolatría cinematográfica

Por   /  30 Septiembre, 2015  /  No hay Comentarios

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Brad PittAl observar las noticias e imágenes de cada día, podemos notar que un fantasma recorre el mundo y no es el comunismo precisamente. Son los integrismos de toda laya que hacen presencia de manera agresiva, inspirados en pensamientos únicos, totalizantes, queriendo imponer su verdad, y excluyendo a quienes no vean las cosas de su color.

El fanático es un cultor de la unicidad. Todo lo que huela al virus de lo diverso le causa un escozor insoportable a estos amantes de las vías de ida y de los camino sin retorno, una línea de fuga existencial hasta el fin de sus ideas.

Lo paradójico de esta situación es el reclamo que hacen en nombre de la democracia para ejercer sus creencias, y en el mismo instante en que acceden al control de instituciones o países, mutan en celosos guardianes para impedir la expresión de otras ideas que no sean las suyas.

Sin justificar la actuación posterior del ejército egipcio, recordamos el ascenso al poder del islamista Mohamed Morsi, quien pretendió, ya sentado en la silla presidencial, desmontar el laicismo en Egipto a base de leyes restrictivas, excluyendo a las demás religiones y a los partidos políticos que no estuvieran basados en la sharia o ley islámica de la toma de decisiones. El ejército removió del poder a Morsi por estas actuaciones que apuntaban a la instauración de un régimen de pensamiento único.

Si trasladamos estos fanatismos políticos al campo de la cinematografía, y nos remontamos a los tiempos iniciales del “star system” -verdadera base de ese culto desmedido de las figuras del cine-, nos damos cuenta del paralelismo que hay entre el pensamiento y actuación de aquellos que siguen los liderazgos mesiánicos, y en el de los adoradores de actores o directores.

En el fondo existe una manipulación de las ideas para conducir a los partidarios de las corrientes políticas y de figuras fílmicas para mantenerlos fanatizados, pues les deja ganancias políticas en un caso, y financieras en el otro, ya que ambos son consumidores cautivos de un mercado que exprime cerebros y bolsillos.

Para que se articule un andamiaje mediático -mercadológico-, que apuntale a figuras como Brad Pitt, Daniel Craig o Tom Cruise, puede estar detrás de esto la intención de impedir que se les juzgue por su calidad actoral -y ojo, no estamos afirmando que no sean buenos actores-, sino que creemos que su endiosamiento es con fines financieros y no con fines estéticos.

Se entiende que estamos frente a un negocio a gran escala, que a su vez divierte y sirve de vehículo para analizar realidades y circunstancias humanas, solo desconocidas para aquellos cultores extremistas del llamado “cine de arte” que se colocan una venda en los ojos para no ver la parte empresarial del cine.

La otra cara de la moneda es la creación de figuras de endeble consistencia expresiva, imaginados y armados para producir consumidores fanáticos. Toda esa serie de películas como Hunger Games -Los Juegos del Hambre-, Transformers o Twilight, no son más que anzuelos azucarados para atrapar espectadores en filmes anodinos pero de gran éxito recaudatorio.

Se ha dicho y se ha repetido que el arte produce lo bueno, lo malo y lo mediocre, porque la creación artística no es una receta infalible. Actores como Robert de Niro o Al Pacino -para solo mencionar dos figuras de primer orden-, han intervenido en obras tan lamentables como Gigli o Little Fockers. ¿Quién los obliga a eso? Entendemos que es una mezcla de mercadeo, malas decisiones y el afán de ganarse unos cuantos dólares más.

Cuídese usted de tocar siquiera con el pétalo de una rosa a esas figuras y que se entere ese fan que sabe todo acerca de la estrella -si se casa o se divorcia, si se resbaló o tiene gripe-, y cuanta majadería publiquen los medios sobre él, o acerca de sus descendientes o allegados.

La razón se va de paseo cuando el analista desmenuza de manera desfavorable la actuación de esa estrella en uno o varios filmes, si pasa revista a la carrera de cualquier habitante del olimpo fílmico, y si le toca, como nos ha tocado a todos, tener contacto de algún tipo con ese fan, lo más recomendable será alejarse de él, pues la ira de Zeus es pequeña comparada con la ofensa que el desconsiderado critico le ha infligido a su idolatrada figura, y le será devuelta en palabras impublicables o de contenido radioactivo.

No importa la cantidad de datos o razones que usted esgrima, el fan le rebatirá con sus armas más efectivas, a saber, además de las palabras cargadas de veneno, argüirá desconocimiento de su oficio
-en caso de que antes le creyera capaz-, y en última instancia, el analista pasará a carecer de sensibilidad y competencia en lo que a cine y a ese actor se refiere.

¿Cómo llega a construirse un fan y de cuales elementos necesita apropiarse este extremista del séptimo arte? Lo esencial es equiparar al personaje real con la ficción, separándolo del género humano para colocarlo en la morada de los dioses, y más tarde, suministrarle la dosis necesaria de informaciones intrascendentes para que ese espectador se crea un experto en lo relativo a ese actor.

Se necesita producir una película tras otra, para -con el complemento de notas de prensa y supuestas filtraciones-, mantener al actor en las pantallas sin importar si es del tipo prometeico o un pedazo de carne que habla, eso es lo de menos. Por favor, no incluir a Woody Allen en ese grupo, pues aunque filma una película anualmente, su nivel es muy superior y debemos colocarlo en otra categoría más alta.

Este proceso cuenta muchas veces con un entramado donde confluyen una diversidad de personajes que son quienes articulan las estrategias para dar un soporte, digamos que emocional, a esos fans, una retroalimentación que no permite flaquear en la adoración de los dioses-actores.

El fan, es como hemos visto, un seguidor de las estrellas de la actuación que guarda un paralelismo con los seguidores de los liderazgos mesiánicos, un creyente fanatizado que entiende poco de razones y mucho de adoración de las imágenes en movimiento de sus actores-fetiches.

Con la revolución digital, esos grupos establecen un trasiego enorme y continúo de los datos recibidos de sus figuras favoritas, que no tiene nada que envidiar a las organizaciones religiosas en cuanto a la jerarquización y la devoción que profesan a sus ídolos.

Debemos aclarar que son válidas las agrupaciones basadas en los intereses cinematográficos para la mejor comprensión del hecho en sí, pues los niveles de análisis y la crítica hecha con rigor, crean espectadores más conscientes e informados. Todo lo contrario al consumo de datos banales o el seguimiento de figuras de relumbrón.

Los fans son públicos fanatizados, adoradores de estrellas y de los filmes más endebles y menos trascendentes, guardando un paralelismo marcado con los militantes políticos de las organizaciones extremistas, por su escaso razonamiento y excesiva sensibilidad.

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  • Publicado: 2 años 30 Septiembre, 2015
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  • Ultima Modificación: Septiembre 30, 2015 @ 2:28 pm
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