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La herencia cinematografica dominicana

Las obras que van produciendo los espíritus artísticos que consiguen captar la esencia humana y transmitir los valores universales, se conservan en nuestras mentalidades atravesando los tiempos con sus verdades incólumes. Las épocas y los cambios no mellan en la trascendencia de sus mensajes.

El arte, cuando se hace apegado a los principios éticos y técnicos, fluye desde la obra hasta el público en su función de degustador en primera instancia. La implicación emocional se produce en un segundo instante cuando las verdades artísticas se convierten en epifanías y hacen conexión con el observador.

Las películas son parte importante de la historia cultural de una nación porque son la radiografía de situaciones, formas de pensar y hechos históricos que, aunque pertenezcan a la ficción, conservan costumbres e imágenes del comportamiento social. Todos ellos asuntos importantes para tener una idea precisa del pasado.

Salvaguardar el patrimonio fílmico no solo es cuestión de recursos financieros o leyes. Se necesitan los conocimientos de un personal especializado en conservación y que los organismos pertinentes le den seguimiento a las producciones locales para obtener las copias y mantenerlas en lugares adecuados para su almacenamiento.

Mucho es lo que se ha perdido de ese patrimonio en nuestro país, pues hasta el 2010 no contábamos con una ley específica para el sector cinematográfico. Cualquier esfuerzo en conservación se hacía en base a textos jurídicos cuyo asunto de competencia primaria no era el cine ni la salvaguarda de sus obras.

Leyes e Instituciones

La Conferencia General de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura –UNESCO-, en su 21ava. reunión convocada en Belgrado, Serbia, el 23 de septiembre de 1980, recomienda la salvaguarda y conservación de las imágenes en movimiento, pero no se puede decir que desde esa época, ni en el mundo ni en el país, dichas perdidas se hayan detenido.

La ley 108-10 de cine, en su artículo 9, Destino del FONPROCINE numeral 3, manda a la: “Conservación y preservación de la memoria cinematográfica audiovisual dominicana”. E insta a “La adquisición de los bienes e insumos necesarios para una adecuada dotación y acción de las instancias especializadas”. Más claro de ahí no puede ser.

Sabemos que los costos de las instalaciones y la capacitación para el personal especializado en conservación es alto, pero es un precio bajo para mantener los valores difundidos por esas obras y que puedan ser disfrutados por las próximas generaciones.

La Dirección General de Cine tiene bajo su égida a la Cinemateca Dominicana que es el organismo llamado a ejercer las labores de preservación. Esta institución debe dotarse del presupuesto, las instalaciones y el personal para que se cumplan los preceptos que ordena la ley 108-10.

La UNESCO lo expresa muy llanamente acerca de la importancia de este proceso: “Las imágenes en movimiento son una expresión de la personalidad cultural de los pueblos, y que, debido a su valor educativo, cultural, artístico, científico e histórico, forman parte integral del patrimonio cultural de una nación”.

El patrimonio cultural nacional es parte de la cultura mundial, agregaríamos nosotros. Una nación que no salvaguarda sus bienes culturales de manera adecuada pierde parte de su esencia.

Leyes e Instituciones

El Archivo General de la Nación -AGN-, que pese a ser una institución cuyo fuerte son los documentos escritos, se ha hecho cargo de los archivos que se encontraban en la Cinemateca Dominicana antes de la aprobación de la Ley de Cine. En estos momentos ejecuta un plan de rescate y conservación que merece todos los elogios, pues más de 2,000 horas de material en celuloide está en proceso de ser salvado, si no todo, la mayor parte de él.

No pueden seguir dándose casos como el de La Silla (1963), la película de Franklin Domínguez con la actuación de Camilo Carrau, que pese a sus grandes valores estéticos y políticos, la copia conocida se sulfató y ha sido imposible salvarla. Solo nos queda la esperanza de que aparezca otro ejemplar.

¿Por qué pasan estos casos? En primera instancia, las obras fílmicas están al cuidado de sus creadores, exhibidores y distribuidores. Pero en el segundo estadio de su carrera, las instituciones designadas por la ley deben hacerse cargo de su preservación y almacenamiento, pues como declara la UNESCO, pasan a ser un patrimonio nacional y universal.

Tomando en cuenta la dispersión de lo producido en nuestro país en épocas anteriores y pensando que aún la conciencia de preservar esos filmes no está tan desarrollada en nuestros productores, exhibidores y distribuidores, urge una acción sostenida si pensamos en los factores degradantes como son el clima tropical y el almacenamiento no adecuado.

Acudiendo a los datos disponibles, a investigadores, críticos de cine y especialistas en el área, se debe iniciar un levantamiento de todo el material fílmico disponible, reuniendo todas las películas, fragmentos de ellas, cortos o trailers, proceder a su almacenamiento y catalogación, para más tarde ejecutar pasos para su recuperación y conservación.

Apuntaba el colega y especialista en conservación, Juan Bautista Sánchez, de que en 37 años de fundada la Cinemateca Dominicana y en 6 años de aprobada la Ley de Cine, es bien poco lo que hemos avanzado en impedir la desaparición de la herencia cinematográfica dominicana. Le doy razón a Juan Bautista y me pregunto lo mismo: ¿Qué estamos esperando?

La tarea de preservar el patrimonio cinematográfico nacional abarca a toda la industria y a los organismos gubernamentales en una labor conjunta. Solo así se conseguirá una acción efectiva y con probabilidades de éxito. Si vamos a copiar a los grandes centros productores como Hollywood, hagámoslo imitando sus esfuerzos de conservar la historia del cine, de nuestro cine en este caso.

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