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Los sonidos, el silencio y los diálogos en el cine dominicano

Por   /  12 Diciembre, 2016  /  No hay Comentarios

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Hace mucho tiempo, en una conversación con el sonidista Franklin Hernández, me decía que el dominicano es enemigo del silencio y se ponía a sí mismo como ejemplo. Para ilustrarlo, comentaba que inmediatamente llegaba a su casa, se dirigía al equipo de música y lo encendía. Esta reflexión puede extenderse hasta a las películas que vemos.

Atravesando las distancias temporales y situándonos tan cerca como la semana pasada en que me tocó conducir el cine fórum del documental Tú y Yo (2014), me llamó la atención la observación de los participantes sobre los largos silencios entre escenas dialogadas, que no solamente les molestaban, incluso alguno lo percibía como un error o defecto en la realización.

¿Se debate el cine dominicano entre el estruendo y la furia de escenas con una velocidad pasmosa? ¿Son los realizadores conscientes de los efectos en la psiquis de los espectadores? Si no es así, estamos a tiempo de echarle una mirada a esta situación, porque es evidente que estamos delante de un problema estético y social.

¿Cómo puede uno ser impactado por los sentimientos y las sensaciones de un filme si no nos dejan ni respirar? Como ejemplo se puede citar a Caribbean Fantasy de Johanne Gómez, con sus imágenes silenciosas e introspectivas de La Morena y Rudy en las riberas del río Ozama. Está visto que el documental dominicano recorre un camino diferente al de la ficción y eso nos alegra.

La belleza de un cine de miradas, gestos y silencios, al parecer es desconocida por una cierta cantidad de realizadores nuestros. Lo que abundan son obras de diálogos y ruidos eternos, por lo que echamos de menos una mayor dosis de silencio, que no tiene por qué afectar la propuesta narrativa ni el desarrollo de las acciones.

Los sonidos y el silencio

La mezcla de sonido y silencio se convierte en un personaje cuya expresividad redunda en el enriquecimiento del discurso, dejando descansar a la palabra omnipresente y haciendo valer la lógica de algo llamado audiovisual. Un balance entre imagen y sonido, raíz de un arte llamado cine. La proporción de esa combinación nos dará la medida  del acierto o del fallo en llegar al espectador.

fotograma-a-brand-new-lifeLa directora franco-coreana Ounie Lecomte, en su película Una Nueva Vida (A Brand New Life -2009-), el personaje de Jihnee -una niña abandonada por su padre-, nos da un ejemplo de cómo manejar esa dupla de silencios y sonidos, cuyo delicado contrapunteo Lecomte usa muy sabiamente a lo largo de la trama, pese a ser su opera prima.

Y si queremos acudir a un producto local de ficción, ahí tenemos a Dólares de Arena (2014), el filme de Israel Cárdenas y Laura Amelia Guzmán, en donde la nostálgica mirada de Anne -una francesa de edad madura-, se cruza con la vitalidad de Noelí, la chica dominicana, para acercarnos al uso inteligente de miradas, silencios, música, diálogos y sonidos de la naturaleza. Israel y Laura Amelia domaron al potro de los estruendos.

El sonido-ambiente no es una coartada para ahogar a la imagen, como vemos en muchas películas criollas. Y menos aún lo es el diluvio musical que atropella lo visual buscando tapar los defectos narrativos o visuales. Esa mentalidad facilista de querer parchar con tempestades sónicas las fallas, impide la conexión del espectador con los personajes o la trama.foto-boom-man

La equivocación no está en el uso, sino en el abuso de esos elementos, que colocados de forma adecuada funcionan como un preciso mecanismo de relojería. Todo lo que abunde, o no tenga una lógica dentro del plano o la escena, es un obstáculo para la fluidez narrativa, y por lo tanto, debe ser modificado o suprimido.

Los diálogos

El dialogo hace avanzar la acción y va dando las informaciones que el guionista quiere que sepamos, o nos las suministra parcialmente para crear suspenso. Estas son algunas de las funciones del diálogo, que no les son desconocidas a los guionistas, o más bien, a los dialoguistas dominicanos, a quienes les toca finalmente emplearlas.

Entre las muchas “verdades de Perogrullo” del cine, una dice que el cine es imagen. Pero me entra la duda al escuchar los diálogos de varias películas dominicanas que describen la más mínima acción que el personaje hace o piensa hacer, lo que da pie a una doble articulación del discurso, cuando lo canónico es que si algo puede mostrarse, no hay porque decirlo.

La verborrea expositiva es tan apabullante que no se sabe si estamos delante de una película o de un programa de panel, de si son actores o analistas noticiosos, a tal punto hemos llegado. Alguno que otro guionista traerá por los pelos a Billy Wilder o a Woody Allen, pero ciertos diálogos que me ha tocado oír en las salas quisqueyanas pecan de muchas cosas, pero no de la calidad de esos dos genios.

Cuando escuchamos a los personajes hablando, podemos deducir su nacionalidad con cierto nivel de precisión, pero aquí nos pasamos o nos quedamos cortos, o hablamos con una formalidad muy alejada de cómo se expresa un dominicano promedio o nos sumergimos hasta el fondo del populismo -que no es lo mismo que popular-, haciendo imposible o muy difícil que ese espectador se identifique con la forma de hablar de este o aquel personaje.

La búsqueda de una vía para encontrarnos con un cine que valore el silencio como herramienta estética y asuma los ruidos o la música sin excesos, nos conduciría a que las audiencias no perciban extrañeza ni se sientan agredidos producto de la exposición al estruendo permanente, al acceder a unas obras con un ritmo más pausado o contemplativo.

El uso de un dialogo preciso, que comunique sin abrumar, con un nivel idiomático cercano al hablante promedio, permitiría conjuntamente con la moderación sónica en todas sus vertientes, realizar ese otro cine inclusivo, de alto valor estético, que nos aleje de esas películas donde predominan el estruendo, la furia y ciertos gustos dudosos.

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  • Publicado: 10 meses 12 Diciembre, 2016
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  • Ultima Modificación: Diciembre 12, 2016 @ 6:23 pm
  • Categorias: Cine

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