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¿Dónde está la Fuente de la Cinefilia?

Por   /  5 Enero, 2017  /  No hay Comentarios

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Los tiempos de globalización, milennials y exceso de información, no nos han traído una avalancha de mentes ilustradas sino más bien todo lo contrario. Estamos encharcados en una ignorancia que asusta al más optimista y espanta a los espíritus clarividentes que ven asomarse un futuro solo entrevisto en los libros y las películas más distópicas.    

Los degustadores del buen cine se parecen mucho a los primeros cristianos, aquellos escondidos en las catacumbas instruyéndose en su fe, como los hoy espectadores solitarios que disfrutan de un Kenji Mizogouchi o de los cortos de ese subestimado director español llamado Segundo de Chomón.

¿Cómo puede un pintor informarse del claroscuro si no es acercándose a ese maestro de nombre Caravaggio, o envolverse en esa luz difuminada del impresionismo sin conocer a Renoir o a Degas? ¿Entonces, cabe la posibilidad de tener una idea del cine inglés si no sabes quién es Tony Richarson o el Free Cinema Inglés? Me parece que no.

Se puede hacer cien veces la pregunta sobre los más destacados del cine dominicano y de Ángel Muñiz no pasa. Y quizás algún espectador sepa quién es Agliberto Meléndez o haya visto de soslayo Pasaje de Ida, aunque sea un fragmento en YouTube o por lo menos su tráiler. De ahí para abajo es tabla rasa en la historia de nuestro cine, como si Francisco Arturo Palau u Oscar Torres no hubiesen existido.

Se apuesta a inventar el agua tibia o el hielo en cubitos, porque yo me atrevo a apostar “peso a morisqueta”, como dice la expresión popular, que los freaks que recorren bares y conciertos de Santo Domingo, en su vida han visto Freaks (1932) de Todd Browning, lo mismo se aplica a los hippies militantes del 2016, que aparte de referencias no han visto el documental Woosdtock: 3 Días de Paz y Música (1970) de Michael Wadleigh.

DE FUENTES Y REFERENCIAS

No parece lógico que si vas hacer un filme inspirado en el cine negro o Film Noir y careces de un bagaje muy amplio, ya que apenas acabas de leer a Dashiell Hammett y Raymond Chandler, viste dos veces el Halcón Maltés  (1941) de John Houston o una vez El Crepúsculo de los Dioses (Sunset Boulevar-1950) de Billy Wilder, te salga algo medianamente decente, porque además no has tenido el tiempo suficiente para procesar toda esa información.

Así como Harold Bloom se refería en El Canon Occidental a los escritores fundamentales, desde los griegos hasta Cervantes y Shakespeare, en el canon fílmico existen una cantidad de directores fundamentalesn desde los padres Lumiere hasta la maestría de gente como Yasujiro Ozu o el maestro hindú Satyajit Ray.

En las artes no hay progreso, se vive como Jano Bifronte mirando hacia detrás y hacia adelante, con los pies en el hoy, en la realidad actual. Las modas, sean en el cine o donde sean, son cosas pasajeras, las películas y los directores de moda se quedan atascados en la trivialidad y sus obras envejecen mal, sin dejar huellas de calidad.

La prueba de la resistencia al tiempo se puede ver en Peeping Tom (El Fotógrafo del Pánico (1960), película freudiana donde las haya, en donde un fotógrafo traumatizado se dedica a asesinar mujeres. Powell es un gran director, muy subestimado y hasta desconocido para la gran mayoría de los espectadores y tristemente para muchos de nuestros realizadores.

Ver cine clásico para un hacedor no es un ejercicio nostálgico ni una hermosa forma de entretenerse o de perder el tiempo, como suele creerse. La misión de acercarse a los inicios del séptimo arte es encontrar la pista de los caminos estéticos que nos han traído a nuestra época. 

EL TIEMPO, EL IMPLACABLE, EL QUE PASÓ.

Aproximarse a esas películas de los maestros del cine clásico es compartir la sabiduría y las búsquedas de esos estetas de la imagen que con estas obras nos han dejado el testimonio de su hacer y  pensar, documentando el transcurrir de los sucesos que les tocó vivir.

Hablar del clasicismo no es quedarnos en los asiáticos, europeos, norteamericanos y africanos, para nada, pero también estamos obligados a sumergirnos en los fotogramas de Jorge Sanjinés, Nelson Pereira Dos Santos, Francisco Lombardi, Fernando de Fuentes y un montón de directores latinoamericanos con propuestas que siguen siendo válidas hoy día. 

Los cineastas de estos lares pueden pecar de desconocer a los grandes clásicos, pero esa falta se acentúa en el manejo de la historia del cine de este continente, a los hacedores y sus obras. Lo penoso es que se desconozcan tantos filmes de gente con propuestas interesantes, condenándolos a un ostracismo sin perdón.

Beber del grial que contiene El Acorazado Potemkin, La Fiebre del Oro, Intolerancia , El Ultimo Malón o La Mujer de la Arena, es para cualquier cinéfilo acceder a la fuente del conocimiento del arte de las imágenes en movimiento, a la expresividad y la sensibilidad de unos creadores que son parte imborrable del canon cinematográfico.

Imbuir las pupilas de los espectadores y cineastas de las películas clásicas provenientes de todos los rincones de cada continente es llenarse de luz, de historias, de formas de mirar la vida a través de una pantalla, que como dice el poema de Miguel Hernández, es un rayo que no cesa.  

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