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Réquiem para el sueño estadounidense

Por   /  3 Febrero, 2017  /  No hay Comentarios

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El afecto que siempre he sentido hacia EEUU explica lo que sólo puedo describir como un sentimiento de desolación. Existe un verdadero sentimiento de pérdida.

Para mí, el país idealizado siempre fue EEUU. Era la tierra de los héroes de las películas, pero también era de donde provenían los héroes verdaderos; la generación más grande, los hombres que salvaron a Europa de los nazis. EEUU tenía la comida más estupenda, las mejores atracciones, los aterrizajes en la luna, Abraham Lincoln, los Kennedy, Louis Armstrong, Charlie Parker y los Beach Boys. Sus líderes de alguna manera parecían tallados de árboles más altos. EEUU no se avergonzaba de creer en el capitalismo; y yo pensaba todo esto incluso antes de que aprendiera a amar la belleza inspiradora de sus parques nacionales. Yo tuve un sueño y era el sueño estadounidense.

Y, por supuesto, era un sueño. Este mismo país que crecí admirando derrocó regímenes democráticamente elegidos. También regularmente ha apoyado a malas personas y ha hecho malas cosas.

Gran parte de su cultura se ha ido tornando más áspera. Demasiado a menudo su política le debía más a “Todos los hombres del presidente” que a “El ala oeste”. El país toleró — y todavía tolera — terribles prejuicios raciales y vio a sus más brillantes luces extinguirse en manos de asesinos. Hemos observado una prolongada indiferencia ante los tiroteos en masa, ante la vigilancia masiva y ante una política exterior que bordeaba en arrogancia de ‘vaquero’.

Pero mi EEUU también salvó y reconstruyó a Europa. Se enfrentó al comunismo en su forma más agresiva. Prosperó basado en los ideales y la generosidad de la Estatua de la Libertad y proyectó un consistente optimismo de que las cosas podían ser mejores.

EEUU tenía líderes heroicos, serios hombres de Estado que, armados con un poder imparable, generalmente se esforzaban en usar ese poder para hacer el bien. Era el país con el que se podía contar para que hiciera lo correcto aunque, parafraseando a Winston Churchill, intentara todas las otras opciones primero. Mi EEUU a menudo se quedaba lamentablemente corto de sus ideales, pero yo nunca dudé de esos ideales.

El afecto, la gratitud incluso, que siempre he sentido hacia EEUU tal vez explique lo que sólo puedo describir en este momento como un sentimiento de desolación. Existe un verdadero sentimiento de pérdida, de estar solo. ¡Es una visión ridícula de tantas maneras! Una nación nunca puede depender enteramente de otra. Y, sin embargo, hasta la semana pasada, la idea de que EEUU no estaría allí, listo para ser incluido en la lucha por la libertad, hubiera parecido absurda.

Tal vez, si yo fuera un poco mayor, mi visión habría estado más influenciada por Vietnam o por Chile, pero aun cuando sabía que EEUU estaba equivocándose, incluso cuando eligió presidentes desagradables, para mí continuó siendo la última gran esperanza de la libertad. Por mucho que no te gustara un presidente dado, sabías que el ‘buen’ EEUU prevalecería y que haría correcciones si fueran necesarias. A través de todos sus más oscuros capítulos — el macartismo, el presidente Nixon — sabíamos, o al menos yo sabía, que la decencia, a la larga, volvería a predominar.

Ahora se siente como si eso ha desaparecido. Durante 70 años, hemos prosperado en el abrazo de un EEUU que creía en la libertad y que se enfrentaba al mal. Hemos visto a EEUU cometer errores garrafales, pero nunca lo hemos visto listo para retirarse de la pelea. A pesar de todos sus errores, sólo la extrema izquierda lo consideraba el mayor mal del mundo. Y todos estos años más tarde, todavía estamos citando la inspiradora retórica del discurso inaugural de John Kennedy y las palabras de Martin Luther King en la marcha sobre Washington. Así es que sí, era un lugar de baja política y altos ideales. Ahora es sólo un lugar de baja política.

Tal vez esto también pasará. Ya antes hemos tenido hombres malos en la Casa Blanca. Pero la angustia que muchos sienten acerca del Sr. Trump va más allá de lo que se relacione a sus puntos de vista o al temor de que pueda desencadenar una guerra. Muchos temían a Ronald Reagan. Pero el suyo era un país optimista, mientras que la ‘América’ de Donald Trump es un lugar tenebroso, temeroso e insular. La ‘América’ del presidente Reagan era una que se mantendría erguida en el mundo; actualmente, “el hogar de los valientes” está agazapado en un rincón. Y aunque los temores más extremos — la sugerencia del fascismo — seguramente resultarán exagerados, parece increíble incluso referirse a EEUU en tales términos.

Lo que queda es semejante a un sentimiento de abandono por parte de un hermano mayor con quien siempre pensaste que podrías contar. Podía ser obstinado y dado a mangonearte, pero siempre estaba de tu parte. Y ahora quizás no lo esté. Ya lo estoy extrañando.

Por Robert Shrimsley (c) 2017 The Financial Times Ltd. All rights reserved

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