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La cinefilia simuladora dominicana

Por   /  12 Mayo, 2017  /  No hay Comentarios

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Los clamores habituales de un cierto público, exigiendo a gritos un cine de calidad en las salas de nuestro país, pueden parecer reales pero tienen visos de no ser más que una expresión cínica de ese pensamiento filosófico tan actual en esta sociedad -el BAM-, que traducido al castellano significa Bulto, Allante y Movimiento. A saber, la simulación en grado sumo.

La moda es apuntarse al Netflix, mirar de reojo al cine dominicano, ir a las premieres a dar rostro, exhibir el ropaje y hacerse visible en las redes sociales. Al decir esto me refiero a un público con cierto poder adquisitivo, no a las clases medias-bajas que son consumidores habituales de nuestras películas, poniéndolas como opción preferente  por encima de las extranjeras.

Es cierto que hay problemas de seguridad, con los presupuestos para salir, atascos y demás argumentos a los que se acuden.  Como esos espectadores colocan su imagen en primer lugar, ese llamado buen gusto frente al espejo, partimos de ahí para  deconstruir su discurso y devolverlo sin adornos ni elementos artificiales.

Existen varias formas de comprobar estas afirmaciones, pero la mejor de todas es asistiendo a festivales, muestras y exhibiciones de películas con alta calidad artística y discursiva para darse cuenta como BAM se manifiesta en las inauguraciones y clausuras, en los After Party o en los comentarios pre y post exhibición. Esto pone de relieve la desconexión entre discurso y práctica.

¿Son más sinceras las audiencias populares? Creemos que si por lo que hemos visto y oído, pues estas no tienen pelos en la lengua para decir públicamente lo que les gusta y lo que no, a veces de una manera muy descarnada y simple, pero siempre preferible a las de aquellos que piden calidad gourmet y terminan consumiendo fast food de no muy buena calidad.

UN BUEN GUSTO MUY DISCUTIBLE

Somos lo que vemos. Dime las películas que visionas y te diré sin mucho análisis profundo como piensas y por donde van tus gustos. No hay que ser un Mac Luhan ni un sesudo miembro de la escuela de Frankfurt para saber eso. Y mire usted, que las preferencias y los gustos pueden ser amplios, y eso se respeta, pero de ahí a andar publicitando lo contrario, estamos frente a un allantoso o simulador social.

Entrar a ver un film de calidad con buenas propuestas discursivas, y ver, que pasado un tiempo esas gentes comienzan a abandonar la sala… a lo que tienen derecho, ya sea porque les aburre o no entienden o creyeron que iban a aguantar por un par de horas el uso intensivo de las neuronas… es entendible, pero publicar en las redes que está viendo o vio tal cosa y le parece una propuesta fantástica y recomendable, a mí eso no me cuadra.

El derecho al entretenimiento es una de las obligaciones humanas más respetables y todos debemos entregarnos a él sin que escatimemos princesas de Disney, superhéroes, Transformers, mujeres que disfruten un sadomasoquismo de revista Vanidades o lo que nos venga en gana ver. Porque contra gusto no hay disputas y no todos los días apetece enredarse con Bergman, Techiné o Konchalosvki.

Lo que no parece lógico es que por razones de imagen se entre a una sala a ver algo que no nos interesa y que nos aburre, invirtiendo un valioso tiempo, para pasarse la función chequeando Facebook, Instagram o cuanta red social estemos apuntados, molestando con la luminosidad del celular a los espectadores que si quieren ver la película. Al parecer, el único grado de inteligencia que poseen es el que está en su aparato.

AUSENCIAS Y PRESENCIAS EXTRANAS EN LA SALA

Si sorprende ver determinadas personas viendo determinadas películas, es aún más sorprendente notar la ausencias de esos destinatarios naturales del buen cine, a  saber, cineastas, profesionales del audiovisual, teatristas o gente del sector cultura en general, pues son los rostros que esperas encontrarte allí. Entonces te das cuenta de que la simulación del buen gusto está más extendida de lo que parece.

Las excusas que se oyen son de una validez tan limitada que pueden llegar a ser risibles por la amplitud de una oferta que cubre un buen espacio del espectro. Esos simuladores brillan por su ausencia en la Cinemateca, en las universidades, cineclubes, centros culturales o en las exhibiciones gratuitas. Mucho menos los oyes comentar que  vieron las películas en YouTube. Por lo que sospechamos que, o no ven cine, o lo hacen muy poco.

El cinéfilo de hueso colorado, al que de verdad le gusta el cine, lo persigue como si le fuera la vida en ello, sea en internet, en DVD, o como sea. En donde aparezcan esas películas que nos interesan, allá iremos sin escatimar medios. Si siente pasión por este arte, procurará como encontrarse con él, a menos que usted sea de los de discurso allantoso.

La observación permanente de las personas que asisten a las salas de cine nos deja como resultado, por un lado, unos espectadores que dicen desear un cine de “qualité”, como dicen los franceses, pero lo que aman en realidad son esas películas palomiteras y sosas, cargadas de clichés y acción. Por el otro lado, aparecen unos cineastas que no ven cine, una paradoja irresoluble incluso para los filósofos más avezados.

¿Crece el número de cinéfilos sinceros y de cineastas que ven cine en República Dominicana? Creemos que sí, y es una realidad constatable hasta para los más escépticos del gremio analítico. Lo deseable es que los cineastas vean cine y que los simuladores hagan catarsis dejando de asistir a ver películas que no les interesan ni les atraen. Evitando así molestar en la sala a quienes si queremos ver buen cine y en paz.

 

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  • Publicado: 2 meses 12 Mayo, 2017
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  • Ultima Modificación: Mayo 12, 2017 @ 1:42 pm
  • Categorias: Cine

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