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‘Hacia la luz’, la belleza del cine zen

Por   /  5 Diciembre, 2017  /  No hay Comentarios

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Decía el genial Ray Bradbury en su ‘Zen en el arte de escribir’ que, para crear, a uno le tenía que tranquilizar y dar paz su trabajo. Tienes que dejarte llevar:

“La tensión nace de ignorar o de haber rendido la voluntad de saber. El trabajo, porque da experiencia, se puede convertir en nueva confianza y finalmente en relajación. Una relajación, una vez más, de tipo dinámico; como en la escultura, cuando el artista no necesita decir a sus dedos lo que tienen que hacer. Tampoco el cirujano aconseja al bisturí. Ni el atleta aconseja al cuerpo. De repente se alcanza un ritmo natural. El cuerpo piensa solo”.

La palabra japonesa Zen procede del chino chán que significa ‘calma’. Y esta viene a su vez del sánscrito dhyāna, que viene a ser ‘meditación’ en nuestro castellano. Según la RAE, el Zen es una escuela budista que “tiende a alcanzar la iluminación espiritual mediante la meditación que no se somete al conocimiento intelectual y a sus conceptos”. El zen, pues, pretende desasirse de pensamiento racional para acceder a la paz que otorga algo más profundo, que nace de nosotros sin que nosotros pensemos en ello.

Naomi Kawase, como bien decía Jordi Costa en la crítica de su anterior película, parece estar perfeccionando una mirada zen del cine. Parece exigirle cada vez menos esfuerzo –estrena mínimo una película al año y además se mantiene activa en el mundo del cortometraje-. Se diría que rueda con la cámara movida por la más pura inspiración. Y eso es lo que exactamente ‘Hacia la luz’: una película sobre la búsqueda de belleza ni intelectual ni cultural, sencillamente… bello.

El delicado equilibrio del cine zen

Misako Ozaki trabaja en una agencia de audiodescripción cinematográfica para invidentes. Describe con palabras las situaciones, puestas en escena, sentimientos e intenciones de las películas que otros no pueden ver. Para ello, realiza periódicamente sesiones de control con su público objetivo: se sienta con personas privadas de vista para revisar sus descripciones y adaptarlas a sus necesidades. Allí conoce a Masaya Nakamori, un antiguo fotógrafo de éxito alejado del mundo debido a una ceguera en auge.

¿Qué es lo que hace bella una imagen en un film? ¿Cuál es la mejor disposición de los elementos que forman un plano para vehicular una composición armónica y con significado? ¿Cómo se narra esa disposición y lo que expresa? A través de su protagonista, Naomi Kawase busca contestar, a su manera, a todas las preguntas que la reconcomen. En su trabajo, si Misako se pasa de descriptiva no deja espacio para la imaginación. Pero si dice demasiado poco, el espectador invidente no tiene suficientes mimbres como para recrear las situaciones narradas en su cabeza. Mucho menos el sentimiento que una escena puede llegar a tener.

Así, entre este delicado equilibrio, se narra a pinceladas la relación de Misako y Masaya: dos personas absolutamente distintas que, sin embargo, buscan lo mismo.

Con ‘Hacia la luz’ Naomi Kawase confirma su evolución constante pero unidireccional. Desde una realizadora que captaba la belleza de la naturaleza en relación al individuo como hacía en ‘Nanayo’ o ‘El bosque del luto’ a la aspiración a la sinestesia de la que hacían gala las tormentas de ‘Aguas Tranquilas’ hay una senda hacia cómo captar lo escurridizo, lo efímero o lo difícil de capturar en un fillm. El tacto de una hoja de eucalipto en unos dedos callosos, la sensación de frescura de una playa después de llover, el sonido cansado de la madera vieja resistiendo una tempestad.

‘Hacia la luz’: una propuesta para dejarse llevar

A lo largo de sus anteriores trabajos, Kawase se encaminaba hacia cargar de significado pequeñísimas dosis de lirismo que convertieron ‘Una pastelería en Tokio’ en un poema poderosísimo sobre lo cotidiano. Con su penúltimo film hasta la fecha, entornos y personajes se fundían en uno y la incesante búsqueda de encanto llegaban a su punto álgido: la historia de un hombre de mediana edad llamado Sentaro, que regenta una tienda de dorayakis con infinito hastío hasta que conoce a una anciana llamada Tokue (inmensa Kirin Kiki cargada de dosis de ‘adorabilidad’ ciertamente inverosímiles).

‘Hacia la luz’, al contrario que ‘Una pastelería en Tokio’, no busca captar el lirismo en sí mismo, sino el efecto que este tiene en nosotros. Por eso acerca tanto la cámara a sus personajes que obvia el entorno. Por eso no graba un amanecer, sino un rostro mirando un amanecer. Por eso sus protagonistas reflexionan sobre lo que es y lo que no es poético. Y por eso, su desarrollo resulta tan estimulante: demuestra que una realizadora madura y en plenas facultades creativas ha encontrado su particular estilo y ahora, está en posición de preguntarse en qué consiste el mismo.

‘Hacia la luz’ no funciona narrativamente con la precisión y sencillez de ‘Una pastelería en Tokio’ pero no le hace falta, prefiere dejarse llevar por las preguntas que plantea.Volviendo al libro de Bradbury:

“Para solucionar sus problemas no les hace falta recurrir al zen. Como todas las filosofías, el zen no hizo sino seguir las huellas de hombres que aprendieron por instinto lo que era bueno para ellos. Todo tallista, todo escultor que esté a la altura de su mármol, ponen en práctica lo que predica el zen sin haber oído nunca esa palabra. Sabio es el escritor que conoce su inconsciente. Y que no sólo lo conoce sino que lo deja hablar del mundo como sólo ese inconsciente lo ha sentido y modelado, como verdad propia”.

Kawase es sabia dejándose llevar por su inconsciente, uno lleno de dudas sobre el cine y lo que lo hace especial. En ese terreno de meditadas búsquedas, ‘Hacia la luz’ encuentra verdad.

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La noticia ‘Hacia la luz’, la belleza del cine zen fue publicada originalmente en Espinof por Francesc Miró .

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