París, Francia. Atrapadas en una “telaraña”, sufren un “lavado de cerebro” digno de una “secta”. Si muchas mujeres permanecen tanto tiempo con su compañero violento, a menudo es porque él las colocó bajo su control psicológico hasta abolir gradualmente la capacidad de decir “no”.

Activistas, psicólogos, investigadores o ex víctimas describen el mismo proceso, el de una pareja donde el hombre toma el control de la vida de su pareja, hasta el punto de que ella no intentará huir una vez que la violencia física se instale en la vida cotidiana.

El inicio nunca es claro: “al principio, no nos damos cuenta”, dice Morgane Seliman, quien sufrió golpes diarios de su compañero durante cuatro años y ahora se considera una “sobreviviente”.

“La gente me dice ‘¡a la primera bofetada me habría ido!’ Pero cuando la primera bofetada ocurre, ya es demasiado tarde, el abuso ya está allí”, dice la joven, quien en el apogeo de la violencia apenas se concentraba en “no morir esta noche”.

Para la psiquiatra Marie-France Hirigoyen, autora de un libro sobre el tema, esta violencia psicológica comienza con comportamientos que pueden parecer “mínimos”.

El hombre, por ejemplo, denigrará sistemáticamente a su compañera o negará el acceso a su cuenta bancaria, con el pretexto de que es “demasiado complicado para ella”.

O comenzará a controlar cualquiera de sus acciones y gestos, pero la mujer se tranquiliza diciéndose a sí misma “si él me hace todas estas preguntas es porque me ama”.